domingo, 11 de julio de 2010

Soledad

Él, que había confiado siempre en el poder de las palabras, comprendió sorprendido y resignado que en ese momento, la mejor respuesta era el silencio.
No tenía sentido argumentar, seducir o tejer sortilegios.
Se había roto.
Y lo que está roto no queda como antes por mejor pegamento que se tenga a mano.
La magia no obró el milagro necesario.
La única excusa para dormir todavía juntos era la noche.
El calor, la forma y el olor del cuerpo que yacía (¿dormido?) a su lado, de a poco se iría desdibujando como una foto muy vieja.
Trazó en su mente almanaques que abarcaran mucho tiempo, y se detuvo en fechas al azar para adivinar cuánto de ese recuerdo aún viviría en su mente.
Musitó algunos versos (inútiles) como para no perder la costumbre, todavía un poco incrédulo de su inefectividad.
Quiso estirar la mano y dar una penúltima caricia, pero al fin decidió que no, que si ella no dormía esa caricia le iba a doler y la iba a incomodar más todavía.
Prendió otro cigarrillo, siempre le agradó que ella también fumara en tiempos de dictadura anti tabaco y gente bien intencionada por doquier que obliga a todo el mundo a cuidar de su salud, y se dio vuelta. Era la última vez que dormían juntos y él no tenía otra cosa que ofrecer que su espalda.
Apagó el cigarrillo, las luces de la noche se colaban por la persiana.
“Mañana estaré solo”

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