domingo, 11 de julio de 2010

Escenografía

Simplemente sabía que nunca iba a conocer otro amor.
Ni siquiera otro amor como ése, no: no habría otro amor de verdad en su vida.
Hasta, sin darse cuenta del peso de sus palabras, le dijo un día “todo lo demás en mi vida es pura escenografía”. Y él como si nada, claro.
Sabía que no habría muchas noches de dormir juntos, que no habría fines de semana sin levantarse (ambos) de la cama, que no habría playas y otros soles.
Sabía que él tendría hijos de otra madre, que sus camas siempre serían distintas y que jamás volverían del trabajo a una misma casa.
Siempre lo supo.
Alguna vez vivieron juntos y les fue mal.
Fue un poco un sueño y mucho de pesadilla.
Se separaron mal, como corresponde, y estuvieron años sin hablarse.
Luego volvieron de amantes, se separaron de nuevo. Y así varias veces.
Sabía que la terapia le había hecho bien y que se sentía nueva y revalorizada.
Sabía que estaba para más que de simple amante de tiempo libre.
Sabía que era joven, bonita y todas esas cosas que saben las mujeres cuando están muy tristes.
Sabía que debía olvidarse de él para siempre.
Siempre lo supo.
Sin embargo…
Sin embargo siempre hubo un embrujo que desplegaba su sortilegio cuando menos se lo esperaba, que las malas (y bellas) artes de él, y su ansia, bastaban para volver al mal camino.
Y vaya si volvía.
Volvía y la vida era de nuevo vida.
Y la cama un territorio libre de penas para hacer que la sangre se libere de la memoria y que en esa libertad estalle.
Sabía que podía soñar sus sueños imposibles con el perfume aún en su piel luego de duchas y de horas.
Sabía que nunca fue tan sabia como cuando volvió y nunca fue tan tonta tampoco.
Y tan feliz.
Simplemente sabía que ese era el destino que se tenía designado.

Ella está contenta.
Y se sonríe como para sus adentros, feliz y plena.

Luego se despierta y la vida sigue como pura escenografía.

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